16 marzo 2020

El coronavirus, desde la providencia: llamada al amor creativo


 

Estos días de Cuaresma releemos la salida de Israel de Egipto, cuando Dios le libró del azote de las plagas. La escena cobra vida nueva ante la epidemia que vivimos. Y nos recuerda que Dios no es ajeno a nada de cuanto nos pasa. “En tu mano están mis azares” (Sal 35,15). Quien vive todo desde la fe en el Creador, también desde la fe en el Creador vive el coronavirus. 

¿Por qué el coronavirus, cuáles son sus causas y efectos? De ello puede hablarnos el biólogo o el médico, también el psicólogo o el economista. Pero solo la fe da el horizonte último que unifica las miradas parciales. El creyente no tiene todas las respuestas, pero conoce a quien sí las tiene. Lo conoce y sabe invocarle, para que le ayude a vivir esta hora con sentido. Creer en Dios significa que nuestro “¿por qué?” puede transformarse en “¿para qué?”

“En el programa del reino de Dios”, decía san Juan Pablo II, “el sufrimiento está presente en el mundo para provocar amor, para hacer nacer obras de amor al prójimo” (Salvifici Doloris 30). También el sufrimiento del virus está presente para que se reavive en nosotros el amor. Hacia este amor conduce la providencia todas las cosas. Por eso quien cree en la providencia no responde con la dejadez o la irresponsabilidad, sino con la inteligencia del amor.

Despertamos al amor, primero, porque descubrimos lo valiosas que son nuestras relaciones, basadas en el cuerpo. Y es que este virus es una amenaza para nuestra vida común. Por su culpa tenemos miedo a estar juntos, a obrar juntos, nos aislamos... Así el virus nos hiere en el corazón de lo humano, que es la llamada a la comunión. Pero por contraste aprendemos a la vez el gran bien que está amenazado. Pues experimentamos que no tenemos vida si no es vida juntos. Que no podemos florecer como individuos solitarios, sino solo como miembros de una familia, escuela, barrio... El virus desenmascara la mentira del individualismo y atestigua la belleza del bien común. 

Y así despertamos al amor, en segundo lugar, porque sufrimos como propio el sufrimiento y la angustia de los otros. El dolor nos une. En cierto modo nos hemos contagiado todos del virus, porque se ha contagiado nuestra comunidad, ciudad, nación. Vienen tiempos duros para muchas familias, para los ancianos, para los más frágiles. Y el dolor acrecentará entre nosotros las obras de amor al prójimo. La dificultad del contacto físico requerirá un amor inteligente, que invente nuevas formas de presencia. Los medios tecnológicos nos ayudarán a expresar esa cercanía y apoyo afectivo que, lejos de contagiar el virus, nos vacunan contra él. 

Despertar al amor será también, en tercer lugar, despertar a nuevos modos de obrar juntos.
Pues el dolor del virus, además del que causa la enfermedad, será el dolor de la zozobra, de no saber a qué atenerse ni cómo sacar adelante las mil cosas de la vida cotidiana, será la fatiga de rehacer planes y de soportar la espera. Y el amor inteligente y creativo será el de los maestros que no interrumpen su labor educativa ni su apoyo a los alumnos, el de los padres que inventan quehaceres y juegos para sus hijos, el de los pastores que siguen llevando alimento a sus fieles, el de las familias que inspiran y comparten su creatividad con otras familias.  

En fin, esta creatividad del amor nos hará descubrir que el amor tiene una fuente inagotable. Y así el dolor nos despertará al amor, en cuarto lugar, si volvemos la mirada a Dios, manantial y cauce de todo amor.

El aislamiento forzado del virus puede ayudar a ahondar en la gran pregunta sobre el “para qué” de todo. El virus, al amenazar el aliento de vida que respiramos y la presencia de quienes amamos, nos invita a preguntarnos por el secreto último de este aliento de vida y de este amor. ¿Cuál es su origen y destino? Y la pregunta nos llevará a descubrir el rostro de ese Dios que ha querido responder al sufrimiento, no con una teoría, sino con una presencia: sufriendo con nosotros. Pues Él se ha hecho carne, contagiándose de nuestro dolor para sanarlo. Y, en los sacramentos de su cuerpo y sangre, nos ha regalado la salud.

Precisamente en este tiempo puede hacerse difícil el acceso a los sacramentos, sobre todo a la Eucaristía. Recordemos, por ello, que la gracia de Dios sigue actuando, aun cuando no podamos acudir a comulgar. Pues en cada misa que diga un sacerdote, aunque esté solo, estaremos todos presentes, y su gracia nos tocará. Y la fe en la providencia suscitará un amor inteligente para que la Eucaristía siga prolongándose en nuestras vidas. Podremos reforzar la oración en común, la lectura en voz alta de la palabra de Dios, el rezo familiar de laudes o vísperas el domingo, la invocación de María en el rosario...

Es posible que, como ya está sucediendo en Italia, muchos deban vivir esta Cuaresma desde el ayuno de la Eucaristía. Será un dolor salvífico si despierta en nosotros el amor por el pan vivo que viene del cielo. Si nos enseña que, privados de la Eucaristía, medicina de inmortalidad, no podemos vivir. Pues en ella está el cuerpo resucitado de Cristo, inmune ya a cualquier virus, y fuente inagotable de nuestra vida juntos.   Así, la amenaza del virus despertará en nosotros, junto al amor concreto por el que sufre, la esperanza de un amor pleno que nunca acaba. Pues sonará nueva la súplica del salmista: “No temerás la peste que se desliza en las tinieblas, ni la epidemia que devasta a mediodía, porque hiciste del Señor tu refugio, tomaste al Altísimo por defensa” (Sal 91,5-6.9). 

Nada escapa a la providencia de Dios, y Dios cuenta con nuestra prudencia (que es la inteligencia del amor) para hacer frente a la epidemia, apoyándonos unos a otros generosa y creativamente.

José Granados / Superior General de los Discípulos de los Corazones de Jesús y María


Y de repente todo cambió

...  Y de repente despertamos un día y todo cambió, en Disney se apagó la magia, la muralla china no era tan fuerte, ahora New York si duerme, y ningún camino quiere conducir a Roma, un virus se corona como dueño del mundo y nos dimos cuenta de nuestra fragilidad, no sabemos si el daño es a propósito o irresponsabilidad de nosotros mismos, pero la amenaza está ahí cada día más fuerte, ya los memes no causan tanta risa, los abrazos y los besos se transformaron en armas peligrosas y la escasez de productos nos demuestra una vez más lo egoísta que somos, tan egoístas que decimos "no hay problema este virus solo se lleva a los viejitos" como si no tuviéramos a nuestros padres o como si no fuéramos a llegar nunca ahí. Queremos hacer valer nuestros "derechos" de decidir si dejar vivir o no a otro y ahora nos damos cuenta que no podemos ni decidir por la vida de nosotros, un planeta que hoy se pone una máscara no solo para un virus sino para tapar nuestra vulnerabilidad mezclada con soberbia y se lava las manos para no reconocer nuestra responsabilidad tal como un pilato. 

Sí, hay miedo. Sí, hay aislamiento. Sí, hay compras de pánico. Sí, hay enfermedad.

Sí, incluso hay muerte.
Pero, dicen que en Wuhan después de tantos años de ruido puedes escuchar a los pájaros de nuevo.

Dicen que después de unas pocas semanas de silencio el cielo ya no está lleno de humos. Pero azul, gris y claro.
Dicen que en las calles vacías de Assisi la gente está cantando desde sus casas y sus balcones manteniendo sus ventanas abiertas para que los que estén solos puedan escuchar las voces de las familias a su alrededor.
Dicen que un hotel en el oeste de Irlanda ofrece comidas gratis y las entrega a domicilio.

Hoy una joven que conozco está ocupada repartiendo por el barrio volantes con su número de teléfono para que los ancianos puedan tener a alguien a quien llamar.
Hoy iglesias, sinagogas, mezquitas y templos
se están preparando para dar la bienvenida
y proteger a los desamparados, enfermos y cansados.

En todo el mundo la gente se está desacelerando y reflexionando.
En todo el mundo, las personas miran a sus vecinos de una manera nueva.
En todo el mundo la gente está despertando a una nueva realidad. A lo grande que realmente somos. A qué poco control tenemos realmente. A lo que realmente importa ... AMAR.

Entonces rezamos y recordamos que
Sí, hay miedo ..pero no tiene que haber odio.
Si, hay aislamiento ..pero no tiene que haber soledad.
Sí, hay compras de pánico ..pero no tiene que haber egoísmo.
Sí, hay enfermedad ..pero no tiene que haber enfermedad del alma.
Sí, incluso hay muerte ..pero siempre puede haber un renacimiento del amor.

Despiértate eligiendo como vivir hoy.
Hoy respira, haz una pausa y escucha detrás de los tormentos de tu miedo.

Los pájaros cantan de nuevo, el cielo se está despejando, la primavera está llegando, y siempre estamos rodeados de amor.
Abre las ventanas de tu alma y aunque no puedas pisar la calle vacía ... ¡Canta!✨

Marzo 2020

22 febrero 2014

Meditación domingo 7º TO A (23-2-2014)

Meditación:

“Habéis oído que se dijo: ‘Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo’. Yo, en cambio, os digo: Amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen. Así seréis hijos de vuestro Padre que está en el cielo.” (Mt 5, 41-43)
Cuando el Señor nos pide amar al enemigo, nos está pidiendo algo que va más allá de lo que el hombre por sí sólo puede realizar. Sin la ayuda de la gracia, este mandato de Cristo es imposible cumplirlo. Quizá se podría no devolver mal por mal, pero de ahí a hacer el bien a quien te ha hecho daño hay un largo trecho. Y, sin embargo, eso es lo que pide Cristo porque eso es lo que Él practicó.


Ahora bien, quizá este mandamiento lo valoraríamos de otro modo si cambiáramos la perspectiva. ¿Qué nos parecería si en realidad el Señor no nos estuviera hablando a nosotros sino a esa persona a la que hemos hecho daño y que tiene la posibilidad de vengarse de nosotros, de devolvernos el golpe que antes nosotros le dimos? ¿Verdad que en ese caso ya no nos parecería tan descabellada la orden del Señor? ¿Verdad que le rogaríamos a nuestro enemigo que la cumpliera e incluso le recordaríamos que no sería un buen cristiano si no lo hiciera?


Cuando tratamos el tema del perdón siempre pensamos en el que nosotros debemos dar, pero no en el que necesitamos que nos den. Quizá éste no lo recibamos, pero debemos empezar por dar el nuestro, porque a lo mejor así el otro se anima a dar el suyo y porque, como también dijo Cristo, “la medida que uséis la usarán con vosotros”. Necesitamos ser perdonados, por Dios y por los hombres; para que ese perdón nos llegue, empecemos nosotros por otorgarlo a quien nos ha ofendido. Eso es lo que rezamos en el Padrenuestro.
Propósito: Empecemos por perdonar y rezar por los que nos han hecho daño y luego recemos para que aquellos a los que nosotros hemos herido nos perdonen.

27 julio 2013

Reflexión domingo 17 T.O. C

El Papa Francisco, siempre sorprendente con sus “perlas homiléticas” advertía en su encuentro con los seminaristas y novicios que, la evangelización, se realiza de rodillas. “La difusión del Evangelio no se asegura ni por el número de personas, ni por el prestigio de las instituciones, ni por la cantidad de recursos disponibles. Jesús mandó a sus discípulos a predicar sin bolsa, sin saco y sin sandalias”. Nuestra oración insistente, clarifica y nos abre hacia aquello que, por nosotros mismos, somos incapaces de realizar: Dios de una manera segura, simple y suficiente es capaz de colmar nuestras aspiraciones.
 
1.- Partiendo entonces de una realidad, la Iglesia no es nuestra sino de Dios y es un campo a cultivar por nosotros pero con la fuerza del Espíritu, no nos queda otra –como mejor futuro para el desarrollo de nuestra siembra- que rezar y colocar nuestros esfuerzos apostólicos en las manos de Dios. Lo contrario, además de egocentrismo, significaría tanto como creer que todo depende de nosotros.
¿Qué se nos exige, para nuestra vida de piedad, en este Año de la Fe?
–Algo tan sencillo como el pedir / –Algo tan natural como pedirlo al Padre
–Algo tan fácil como hacerlo a través de Jesús / –Algo tan imprescindible como el solicitarlo con Fe
–Algo tan comprometedor como el permanecer en El
 
2. Qué dificultades salen al paso de todo ello
 
+La falta de sinceridad; cuando pedimos sin hacer ver a Dios los móviles verdaderos de nuestra solicitud. No me conviene, pero se lo pido porque me apetece
+La ausencia de reconciliación; cuando estando rotos por dentro intentamos que sea Dios quien resuelva el caos o la guerra de nuestra existencia interna o externa. Ya que otros me lo han impedido
+El egoísmo; cuando conocedores de que la felicidad no siempre se consigue con el tener, nos precipitamos por acaparar lo indecible. Siempre es más bueno tener que necesitar. Le diré a Dios que me restituya lo que me corresponde.
+La falta de paciencia; cuando ante la esterilidad aparente de nuestras oraciones nos aburrimos de hablar amistosamente con Dios y, convertimos la oración, en un medio de instrumentalización: como no me das… ¡te dejo!
+La incredulidad; cuando surgen dudas e interrogantes sobre el fruto y el valor más profundo de la oración. ¡Para qué voy a rezar si Dios está sordo!
El evangelio, de este domingo, nos trae a la memoria una gran realidad: DIOS SE INTERESA POR NOSOTROS. Es ahí donde, el cristiano, descubre que toda su vida –por ser importante para Dios- cobra nuevo impulso cuando se presenta ante El:
 
+cuando
 
3.- Me viene a la memoria la anécdota de aquel náufrago profundamente creyente que pedía y confiaba mucho en Dios, pero que no supo ver su mano en aquel momento donde, en la soledad de una isla, se debatía entre la vida y la muerte.
Llegó una embarcación y el capitán le invitó a subir a proa; el náufrago le contestó: “váyase tranquilo; yo confío en Dios”. Al día siguiente un submarino se percató de la presencia del accidentado y nuevamente le pidieron que recapacitara en su postura y que embarcase; “váyanse tranquilos…confío plenamente en Dios”. Por tercera vez un trasatlántico atisbó las circunstancias trágicas en las que se encontraba el solitario náufrago convidándole una vez más a abandonar la isla. Ante su negativa el crucero siguió su curso.
Cuando pasaron los días y las fuerzas se fueron debilitando el náufrago cerró ojos y se presentó ante Dios increpándole: “¡cómo no has hecho nada por mí en los momentos de peligro” “¿no te das cuenta el ridículo en que me has dejado ante mis familiares y amigos cuando yo tanto esperaba de Ti?”. Dios, sigue esta parábola, le cogió por el hombro y le contestó: “amigo; tres embarcaciones te envié y no quisiste ninguna”.
Que nuestra oración sea como la del agua que, por su persistencia y no por su consistencia, es capaz de romper o erosionar la mayor de las rocas. Que nuestra oración sea, sobre todo, unos prismáticos que nos ayuden a ver y aprovechar los signos de la presencia de Dios en nuestra vida. Dicho de otra manera; que la oración sea esa sensibilidad para ver ciertos golpes de gracia…como la mano certera de Dios a nuestras necesidades.

Demolición del antiguo complejo parroquial del Carmen de Fuengirola

Demolición del antiguo complejo parroquial