27 julio 2013

Reflexión domingo 17 T.O. C

El Papa Francisco, siempre sorprendente con sus “perlas homiléticas” advertía en su encuentro con los seminaristas y novicios que, la evangelización, se realiza de rodillas. “La difusión del Evangelio no se asegura ni por el número de personas, ni por el prestigio de las instituciones, ni por la cantidad de recursos disponibles. Jesús mandó a sus discípulos a predicar sin bolsa, sin saco y sin sandalias”. Nuestra oración insistente, clarifica y nos abre hacia aquello que, por nosotros mismos, somos incapaces de realizar: Dios de una manera segura, simple y suficiente es capaz de colmar nuestras aspiraciones.
 
1.- Partiendo entonces de una realidad, la Iglesia no es nuestra sino de Dios y es un campo a cultivar por nosotros pero con la fuerza del Espíritu, no nos queda otra –como mejor futuro para el desarrollo de nuestra siembra- que rezar y colocar nuestros esfuerzos apostólicos en las manos de Dios. Lo contrario, además de egocentrismo, significaría tanto como creer que todo depende de nosotros.
¿Qué se nos exige, para nuestra vida de piedad, en este Año de la Fe?
–Algo tan sencillo como el pedir / –Algo tan natural como pedirlo al Padre
–Algo tan fácil como hacerlo a través de Jesús / –Algo tan imprescindible como el solicitarlo con Fe
–Algo tan comprometedor como el permanecer en El
 
2. Qué dificultades salen al paso de todo ello
 
+La falta de sinceridad; cuando pedimos sin hacer ver a Dios los móviles verdaderos de nuestra solicitud. No me conviene, pero se lo pido porque me apetece
+La ausencia de reconciliación; cuando estando rotos por dentro intentamos que sea Dios quien resuelva el caos o la guerra de nuestra existencia interna o externa. Ya que otros me lo han impedido
+El egoísmo; cuando conocedores de que la felicidad no siempre se consigue con el tener, nos precipitamos por acaparar lo indecible. Siempre es más bueno tener que necesitar. Le diré a Dios que me restituya lo que me corresponde.
+La falta de paciencia; cuando ante la esterilidad aparente de nuestras oraciones nos aburrimos de hablar amistosamente con Dios y, convertimos la oración, en un medio de instrumentalización: como no me das… ¡te dejo!
+La incredulidad; cuando surgen dudas e interrogantes sobre el fruto y el valor más profundo de la oración. ¡Para qué voy a rezar si Dios está sordo!
El evangelio, de este domingo, nos trae a la memoria una gran realidad: DIOS SE INTERESA POR NOSOTROS. Es ahí donde, el cristiano, descubre que toda su vida –por ser importante para Dios- cobra nuevo impulso cuando se presenta ante El:
 
+cuando
 
3.- Me viene a la memoria la anécdota de aquel náufrago profundamente creyente que pedía y confiaba mucho en Dios, pero que no supo ver su mano en aquel momento donde, en la soledad de una isla, se debatía entre la vida y la muerte.
Llegó una embarcación y el capitán le invitó a subir a proa; el náufrago le contestó: “váyase tranquilo; yo confío en Dios”. Al día siguiente un submarino se percató de la presencia del accidentado y nuevamente le pidieron que recapacitara en su postura y que embarcase; “váyanse tranquilos…confío plenamente en Dios”. Por tercera vez un trasatlántico atisbó las circunstancias trágicas en las que se encontraba el solitario náufrago convidándole una vez más a abandonar la isla. Ante su negativa el crucero siguió su curso.
Cuando pasaron los días y las fuerzas se fueron debilitando el náufrago cerró ojos y se presentó ante Dios increpándole: “¡cómo no has hecho nada por mí en los momentos de peligro” “¿no te das cuenta el ridículo en que me has dejado ante mis familiares y amigos cuando yo tanto esperaba de Ti?”. Dios, sigue esta parábola, le cogió por el hombro y le contestó: “amigo; tres embarcaciones te envié y no quisiste ninguna”.
Que nuestra oración sea como la del agua que, por su persistencia y no por su consistencia, es capaz de romper o erosionar la mayor de las rocas. Que nuestra oración sea, sobre todo, unos prismáticos que nos ayuden a ver y aprovechar los signos de la presencia de Dios en nuestra vida. Dicho de otra manera; que la oración sea esa sensibilidad para ver ciertos golpes de gracia…como la mano certera de Dios a nuestras necesidades.

Demolición del antiguo complejo parroquial del Carmen de Fuengirola

Demolición del antiguo complejo parroquial

15 junio 2013

El Papa, con los movimientos eclesiales


(Vigilia de Pentecostés. 18 mayo 2013)
Respuestas del Santo Padre a las preguntas de los Movimientos Eclesiales:
Buenas tardes a todos, Estoy contento de encontrarlos, todos nosotros nos encontramos en esta plaza para rezar, para hacerlo unidos y para esperar el don del Espíritu. Conocía las preguntas y las he pensado, esto no es improvisado, primero la verdad, las tenía acá escritas.
La primera: ¿cómo usted ha podido alcanzar la certeza sobre la Fe y que camino nos indica para que cada uno de nosotros pueda afrontar la fragilidad de la Fe?
Es una pregunta histórica y tiene relación con mi historia personal. He tenido la gracia de crecer en una familia en la que la Fe se veía de un modo simple y concreto, pero sobre todo estuvo  mi abuela, la madre de mi padre que ha marcado mi camino de Fe. Una mujer que nos explicaba, nos hablaba de Jesús, nos enseñaba el catecismo y recuerdo siempre que los Viernes Santos nos llevaba siempre a la tarde  a la procesión de las velas, de las candelas. Y al terminar la procesión llegaba el Cristo yacente y mi abuela nos hacía arrodillar y nos decía: - está muerto pero mañana resucitara- he recibido mi primer anuncio cristiano propiamente de mi abuela, esto es bellísimo, el primer anuncio en mi casa, con mi familia.
Esto  me hace pensar en el amor de tantas madres, de  tantas abuelas en la transmisión de la Fe. Son ellas las que transmiten la Fe; San Pablo decía ya a Timoteo, - yo recuerdo la Fe de tu mama y de tu abuela- porque Dios nos pone cerca a las personas que nos ayudan en nuestro camino de Fe, nosotros no encontramos la Fe en abstracto, es siempre una persona que predica, que nos dice quien es Jesús, que comparte la Fe, que nos hace el primer anuncio, y así fue mi primera experiencia de Fe. Pero hay para mi un día muy importante, el 21 de septiembre del 53, tenía casi diecisiete años, era el día del estudiante, para nosotros el día de la primavera, para ustedes es el día del otoño. Antes de ir a la fiesta pasé por mi parroquia y encontré un sacerdote que yo no conocía y sentí la necesidad de confesarme. Esta fue para mi una experiencia, porque encontré que me esperaban, no se por qué estaba ese sacerdote que no conocía, por qué sentí ese deseo de confesarme… La verdad era que me estaban esperando. Después de la confesión sentí que algo había cambiado, yo no era el mismo Había sentido como una voz, una llamada y estaba convencido que yo tenía que ser sacerdote. Esta experiencia en la Fe es importante. Nosotros decimos que tenemos que buscar a Dios, ir a Él a pedir perdón, pero cuando nosotros vamos el nos está esperando primero; en español tenemos una palabra que explica bien esto, “El Señor siempre nos primerea”, Él es primero, encontrar a alguien que te está esperando es una gracia grande. Es la experiencia que los profetas de Israel decían: - El Señor es como la flor de la primavera, antes  que vengan las otras flores el viene antes, el Señor nos espera-
Cuando nosotros lo buscamos, encontramos esta realidad, que Él nos espera para recibirnos, darnos su amor y esto crea un estupor tal que uno no puede creer y es así como va creciendo la Fe, con el encuentro con una persona, con el encuentro con el Señor. Alguno dirá yo prefiero estudiar la Fe en los libros, eso es importante, pero con esto sólo no es suficiente, lo importante es el encuentro con Él, porque es propiamente Él el que te da la Fe.
También ustedes hablaban de la fragilidad de la Fe para vencerla, el enemigo es el miedo, no tengas miedo, somos frágiles pero lo sabemos, pero Él es más fuerte, si tu vas con Él no hay problemas. Un niño es fragilísimo pero con su padre está seguro. Con el Señor estamos seguros, la Fe crece con el Señor, de la mano del Señor, esto nos hace crecer. Si pensamos que nos la podemos arreglar sólo, recordemos a Pedro que negó tres veces antes de que cantara el gallo. Cuando tenemos demasiada confianza, nos volvemos más frágiles. Siempre debemos ir con el Señor y decir con el Señor es decir con la Eucarística, con la biblia, con la oración. Pero también en la familia, con la madre, con María, ella es la madre que nos lleva al Señor. Acerquémonos a la Virgen María y pidámosle que como madre nos haga fuerte, esta es mi experiencia, algo que me hace fuerte es rezar el rosario todos los días, siento una fortaleza tan grande, porque voy a ella y me siento fuerte.
Pasamos a la segunda pregunta: Todos nosotros sentimos fuertemente el desafío de la evangelización, está en nuestro corazón, por eso le pido nos ayude a entender como vivir este desafío en nuestro tiempo, cuál es para usted lo más importante que nosotros tenemos que mirar para cumplir este trabajo al que estamos llamados.
Yo diré tres palabras, primero Jesús, qué es lo más importante Jesús. Si vamos  adelante con la organización, con cosas lindas pero sin Jesús, no vamos, la cosa no va. Jesús es lo más importante. Pero ahora yo quisiera hacer un llamado de atención fraternal, una corrección. Ustedes han gritado en la plaza, Francisco, Francisco, Papa Francisco, y Jesús dónde estaba, yo hubiera querido que  ustedes gritaran Jesús, Jesús está entre nosotros. De ahora en adelante nunca Francisco, sino Jesús.
La siguiente palabra es la oración, mirar el rostro de Dios pero sobre todo sentirse mirados, el Señor nos mira, nos mira primero. Mi experiencia es lo que yo experimento delante del sagrario, algunas veces  me duermo un poco por el cansancio de la jornada, ustedes me entienden, yo siento fortaleza cuando pienso que Él me mira, nosotros pensamos que tenemos que hablar, pero tenemos que  dejar que Él nos mire, cuando Él nos mira nos da fuerzas, nos ayuda a dar testimonio, primero Jesús después la oración. Uno siente que Dios nos lleva de la mano. Y la importancia de esto es dejarse guiar por Él y esto es más importante que todo, somos verdaderos evangelizadores si nos dejamos guiar por Él. Fijémonos en Pedro, estaba haciendo la siesta después del almuerzo y tuvo esa visión del mantel, y Jesús le dice algo pero el no entendía. El Espíritu Santo estaba allá, Pedro se dejó guiar por el Espíritu Santo para llegar a esta primera evangelización, a los gentiles que no eran hebreos, algo inimaginable en aquel tiempo y así toda la historia. Déjense guiar por Jesús. Nuestro líder es Jesús.
Y lo tercero el testimonio, yo quisiera agregar una cosa, este dejarse guiar por Jesús nos lleva a las sorpresas de Jesús, a veces pensamos que la evangelización tenemos que pensarla en una mesa, en un escritorio, creando planes, pero eso es un pequeño instrumento, lo importante es dejarse guiar por Jesús, después hagamos la estrategia, pero eso es secundario. El testimonio, la transmisión de la Fe solo se puede hacer con el testimonio, y eso es el amor, no con nuestras ideas, con el Evangelio que se vive en la propia vida y que el Espíritu Santo es como una sinergia,  a la Iglesia la llevan adelante los Santos, que son aquellos que realmente dan este testimonio. Ha dicho Juan pablo II y también Benedicto XVI- Tenemos tanta necesidad de testigos, no tanto de maestros, sino de testigos- No hablar tanto, sino hablar con la vida, con la coherencia de vida, una coherencia de vida que vive el cristianismo como un encuentro con Jesús que nos lleva a los otros y no como un hecho social, socialmente somos así, somos cristianos cerrados, cerrados entre nosotros y así no damos testimonio.
La tercera pregunta: ¿Cómo podemos vivir una Iglesia pobre para los pobres y en qué modo el hombre sufriente es una pregunta para nuestra Fe?
Retomo el testimonio, primero que todo vivir el Evangelio, es la principal contribución que podemos dar, la Iglesia no es un movimiento político, ni una estructura bien organizada, no es eso. Nosotros no somos una ONG y cuando la Iglesia se transforma en una ONG, no tiene sal, está vacía. Sean vivos, una cosa es predicar a Jesús y otra cosa es la eficacia. Ser eficiente, esta es otra palabra.
La gloria de la Iglesia es vivir el Evangelio y dar el testimonio de Fe. Es sal de la tierra lus del mundo, llamada a ser presente en la sociedad como la levadura del Reino de Dios, primero con el testimonio del amor fraterno, la solidaridad, el compartir. Momentos de crisis como los que estamos viviendo, has hablado primero que estamos en un mundo de mentiras, propiamente la mentira es una crisis, estemos atentos, no es una crisis solamente económica, cultural, es una crisis del hombre, el que está en crisis es el hombre y el que puede terminar destruido es el hombre, y el hombre es una imagen de Dios, por eso es una crisis profunda. En este momento de crisis no podemos dedicarnos solamente de nosotros, cerrarnos en la soledad, en el sentido de impotencia, no nos cerremos por favor, esto es un peligro. Si nos cerramos en la parroquia con los amigos, con el movimiento, con aquellos que pensamos lo mismo, ¿saben qué sucede? Cuando la Iglesia se cierra se enferma. Piensen en una habitación cerrada, cerrada por un año, cuando vas hay olor a humedad, a cosas cerradas.
Una Iglesia cerrada es lo mismo, es una iglesia enferma. La iglesia debe salir de sí misma hacia las periferia existenciales, Jesús nos dicen vayan a todo el mundo, prediquen, den testimonio del evangelio. Pero que sucede, si uno va fuera de si mismo, puede pasarle un accidente, como a cualquiera que sale de su casa. Prefiero mil veces una iglesia accidentada que una iglesia enferma por estar cerrada. Piensen también en aquello que dice la apocalipsis, es una cosa linda que Jesús está a la puerta y llama para entra en nuestro corazón. Pregúntense cuántas veces Jesús está dentro, toca la puerta para salir fuera y nosotros no le dejamos salir por nuestra seguridad, porque estamos cerrados en estructuras caducas que solamente nos sirven para hacernos esclavos y no hijos libres de Dios.
Es muy importante ir al encuentro, el encuentro con los otros, porque la Fe es un encuentro con Jesús y tenemos que hacer lo mismo encontrar a los otros. Vivimos en una cultura del desencuentro, de la fragmentación, una cultura del no me sirve, del descarte. Tenemos que ir al encuentro y tenemos que hacer con la Fe una cultura del encuentro, una cultura de la amistad, una cultura en la que encontramos hermanos y podemos hablar con aquellos que no piensan como nosotros, que tienen otra Fe. Pero no se les olvide que todos son hijos de Dios, hacer el encuentro con ellos sin negociar nuestra pertenencia.
Y si salimos de nosotros mismos encontramos la pobreza, hoy esto hace mal al corazón encontrar un pobre muerto de frío no es noticia, hoy es noticia un escandalo, eso si es noticia. Hoy pensar que tantos niños no tienen para comer no es noticia. Esto es grave, no podemos quedarnos tranquilos, porque las cosas sean así. No podemos ser cristianos almidonados, muy educados, que toman el te tranquilos hablando de cosas teológicas. Tenemos que ser cristianos con coraje, valientes, e ir a buscar aquello que son la carne de Cristo. Cuando voy a confesar, todavía no he podido porque de aquí no se puede salir, “je je”. Cuando yo iba a confesar en la diócesis anterior venían algunos: ¿usted da limosna? -si Padre-. ¿Cuándo da la limosna mira a los ojos de aquel al que le da la limosna? -No sé no me doy cuenta- ¿y toca la mano o le tira la moneda?
Tocar la carne de Cristo, tomar sobre nosotros el dolor de los pobres, no es la pobreza una categoría filosófica o cultural, es una categoría teologal, diría la primera categoría. Porque el Hijo de Dios se hizo pobre para caminar con nosotros por la calle. Esta es nuestra pobreza, la que nos ha traído el hijo de Dios con su encarnación. Una iglesia pobre para los pobres y así comenzamos a entender que es la pobreza del Señor y esto no es fácil y también hay un problema que no hace bien a los cristianos, el espíritu del mundo, que nos lleva a una suficiencia, a vivir el espíritu del mundo y no el de Jesús. La pregunta que hacían ustedes, ¿cómo se debe vivir para afrontar esta crisis que toca la ética pública, la política?
Como esta es una crisis del hombre, que destruye al hombre, que despoja al hombre de la ética, todo es posible, todo se puede hacer, y vemos como la falta de ética en la vida pública hace tanto mal a toda la humanidad. Yo quisiera contarles una historia, es la historia que cuenta de un rabino del siglo XII. Cuenta la historia de la construcción de la Torre de Babel. Él dice que para construirla era necesario hacer los ladrillos del barro, ponerle la paja, después llevarlos al horno y cuando el ladrillo estaba hecho había que llevarlo arriba para la construcción de la Torre. Cada ladrillo era un tesoro por todo el trabajo que tenía hacerlo, cuando caía un ladrillo era una tragedia nacional, se castigaba al obrero, era tan precioso un ladrillo que si caía era un drama, pero si caía un operario no pasaba nada, a otra cosa. Esto pasa hoy, si las inversiones en los bancos caen, tragedia, pero si la gente se muere de hambre, no tiene para comer, no tiene salud, no pasa nada. Esta es la crisis de hoy. El testimonio de una iglesia pobre para los pobres va contra esta mentalidad.
La cuarta pregunta: ¿Cómo ayudar a nuestros hermanos que sufren la persecución por ser cristiano?
Para anunciar el Evangelio son necesarias dos virtudes, el coraje y la paciencia. Ellos están en la iglesia de la paciencia, sufren, son más mártires hoy que en los primeros siglos de la iglesia, hermanos y hermanas nuestras, sufren.
Ellos llevan la Fe hasta el martirio, pero el martirio no es un fracaso, es el grado más alto del testimonio que nosotros debemos de dar. Tenemos que sufrir pequeños martirios renunciando a algunas cosas. Aquella situación de Pakistán donde dan la vida dando testimonio del amor de Jesús… Un cristiano debe tener esta virtud de humildad, de mansedumbre, actitudes que tienen ellos confiándose en Jesús. ES necesario precisar que muchas veces estos conflictos no tienen un origen religioso, muchas veces son otras realidades de tipo social o político y desgraciadamente las pertenencias religiosas vienen utilizada. Un cristiano debe siempre saber responder al mal con el bien y esto es difícil. Nosotros buscamos de hacerles sentir que estamos unidos a sus situaciones, que sabemos que son cristianos que han entrado con paciencia. Yo les devuelvo la pregunta, rezan por ellos, en la oración de todos los días, no quiero que alcen la mano los que lo hagan, pero piénsenlo, piensen en la oración de todos los días le decimos al Señor mira a este hermano, al que sufre tanto. Ellos hacen la experiencia del límite, y esta experiencia nos debe llevar a promover la libertad religiosa para todos. Cada hombre, cada mujer debe ser libre en su confesión religiosa, cualquiera sea, porque aquel hombre y esa mujer son hijos de Dios.
Así creo haber respondido a vuestras preguntas, perdón si he estado muy largo.

Catequesis del Papa sobre la Iglesia como Pueblo de Dios

      
12 de Junio de 2013
 
Queridos hermanos y hermanas ¡Buenos días!
Hoy voy a referirme brevemente sobre otro de los términos con los que el Concilio Vaticano II definió a la Iglesia, el de “Pueblo de Dios” (cf. Constitución dogmática Lumen Gentium, 9, Catecismo de la Iglesia Católica, 782). Y lo hago con algunas preguntas acerca de las cuales todo el mundo pueda reflexionar.
1. ¿Qué quiere decir “Pueblo de Dios”? En primer lugar, significa que Dios no pertenece de manera propia a ningún pueblo; porque es Él quien nos llama, nos convoca, nos invita a ser parte de su pueblo, y esta invitación esta dirigida a todos, sin distinción, porque la misericordia de Dios “quiere la salvación para todos “(1 Tim 2:04).
Jesús no dice a los Apóstoles y a nosotros que formemos un grupo exclusivo; un grupo de élite. Jesús dice: “Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos” (cf. Mt 28,19). San Pablo afirma que en el pueblo de Dios, en la Iglesia, “no hay ni judío ni griego… porque todos ustedes son uno en Cristo Jesús” (Gálatas 3:28).
Me gustaría decir a aquellos que se sienten lejos de Dios y de la Iglesia, a los que son temerosos o a los indiferentes, a los que piensan que ya no pueden cambiar: ¡El Señor también te está llamando a ti a ser parte de su pueblo y lo hace con gran respeto y amor!, ¡Él nos invita a hacer parte de este pueblo; pueblo de Dios!
2. ¿Cómo se convierte en miembro de este pueblo? No es a través del nacimiento físico, sino por medio de un nuevo nacimiento. En el Evangelio, Jesús dice a Nicodemo que hay que nacer de lo alto, del agua y del Espíritu para entrar en el Reino de Dios (cf. Juan 3:3-5). Es a través del Bautismo que nosotros somos introducidos en este pueblo, a través de la fe en Cristo, don de Dios que debe ser alimentado y hecho crecer en toda nuestra vida.
Preguntémonos: ¿Cómo puedo hacer crecer la fe que he recibido del Bautismo?; ¿cómo hago crecer esta fe que yo he recibido y que el pueblo de Dios tiene?; ¿cómo hago para hacerla crecer?
3. ¿Cuál es la ley del pueblo de Dios? Es la ley del amor, amor a Dios y amor al prójimo, según el nuevo mandamiento que nos ha dejado el Señor (cf. Jn 13,34). Un amor, sin embargo, que no es sentimentalismo estéril o algo vago, sino que es el reconocer a Dios como único Señor de la vida y, al mismo tiempo, aceptar al otro como un verdadero hermano, superando divisiones, rivalidades, incomprensiones, egoísmos; las dos cosas van de la mano.
¡Cuánto camino todavía tenemos que recorrer para vivir de manera concreta esta nueva ley, la del Espíritu Santo que obra en nosotros, la de la caridad, la del amor!
Cuando vemos en el diario en la TV, tantas guerras entre cristianos, ¡Cómo puede pasar esto! Dentro del pueblo de Dios ¡cuántas guerras! En el barrio, en el puesto de trabajo ¡cuántas guerras por envidias y celos! También en la misma familia, cuántas guerras internas. Pidamos al Señor que nos haga entender bien esta ley del amor. ¡Qué bueno! ¡Qué hermoso es amarse los unos a los otros como verdaderos hermanos!, ¡Qué hermoso es esto!
Hagamos una cosa hoy: Quizá todos tenemos simpatías y antipatías. Quizá tantos de nosotros estamos enojados con alguno. Al menos digamos al Señor: Señor yo estoy enojado con este, con aquella. Yo te pido por este y por aquel. Rezar por aquel con el que estamos enojados es un hermoso paso en esta ley del amor. ¡Hagámoslo hoy!
4. ¿Qué misión tiene este pueblo? La de llevar al mundo la esperanza y la salvación de Dios: ser signo del amor de Dios que llama a todos a la amistad con Él; ser levadura que hace fermentar toda la masa, sal que da sabor y preserva de la corrupción, luz que ilumina. A nuestro alrededor, basta abrir un periódico, para ver que la presencia del mal existe, que el Diablo actúa.
Pero quisiera decir en voz alta, Dios es más fuerte. ¿Ustedes creen esto que Dios es más fuerte? Digámoslo juntos todos ¡Dios es más fuerte! ¡Todos! ¿Y saben por qué es más fuerte? Porque Él es el Señor. ¡Es el único Señor! Dios es más fuerte. ¡Bién! Quisiera agregar que la realidad a veces oscura signada por el mal puede cambiar.
Si nosotros primero les llevamos la luz del Evangelio sobre todo con nuestra vida. Si en un estadio, pensemos aquí el Roma Olímpico o en ese de San Lorenzo en Buenos Aires, en una noche oscura una persona enciende una luz, apenas se entrevé, pero si los otros setenta mil espectadores encienden cada uno su propia luz, el estadio se ilumina. Hagamos que nuestra vida sea una luz de Cristo. Juntos llevaremos la luz del Evangelio a toda la realidad.
5. ¿Cuál es el objetivo de este pueblo? El fin es el Reino de Dios, iniciado sobre la tierra por Dios mismo, y que debe ampliarse hasta el cumplimiento, cuando aparecerá Cristo, vida nuestra (cf. Lumen Gentium, 9). El fin entonces es la plena comunión con el Señor, entrar en
su misma vida divina, donde viviremos la alegría de su amor sin medida. ¡Aquella alegría plena!
Queridos hermanos y hermanas, ser Iglesia es ser pueblo de Dios, de acuerdo con el gran proyecto de amor del Padre, quiere decir ser el fermento de Dios en esta nuestra humanidad, quiere decir anunciar y llevar la salvación de Dios en este mundo nuestro, que a menudo se pierde, necesitado de tener respuestas que alienten, que den esperanza, que den nuevo vigor en el camino.
Que la Iglesia sea un lugar de la misericordia y de la esperanza de Dios, donde todo el mundo pueda sentirse acogido, amado, perdonado y alentado a vivir según la vida buena del Evangelio. Y para sentirse recibido, amado, perdonado, animado.
La Iglesia debe tener las puertas abiertas para que todos puedan venir y nosotros debemos salir de esas puertas y anunciar el Evangelio.
¡Muchas gracias!

Homilía del Papa Francisco en la Solemnidad del Corpus Christi

      
VATICANO, 30 Mayo de 2013
 
Queridos hermanos y hermanas:
En el Evangelio que hemos escuchado hay una expresión de Jesús que me sorprende siempre: “Denles ustedes de comer” (Lc 9,13). Partiendo de esta frase, me dejo guiar por tres palabras: seguimiento, comunión, compartir. 1.- Ante todo: ¿quiénes son aquellos a los que dar de comer? La respuesta la encontramos al inicio del pasaje evangélico: es la muchedumbre, la multitud. Jesús está en medio a la gente, la recibe, le habla, la sana, le muestra la misericordia de Dios; en medio a ella elige a los Doce Apóstoles para permanecer con Él y sumergirse como Él en las situaciones concretas del mundo. Y la gente lo sigue, lo escucha, porque Jesús habla y actúa de una manera nueva, con la autoridad de quien es auténtico y coherente, de quien habla y actúa con verdad, de quien dona la esperanza que viene de Dios, de quien es revelación del Rostro de un Dios que es amor. Y la gente, con gozo, bendice al Señor. Esta tarde nosotros somos la multitud del Evangelio, también nosotros intentamos seguir a Jesús para escucharlo, para entrar en comunión con Él en la Eucaristía, para acompañarlo y para que nos acompañe. Preguntémonos: ¿cómo sigo a Jesús? Jesús habla en silencio en el Misterio de la Eucaristía y cada vez nos recuerda que seguirlo quiere decir salir de nosotros mismos y hacer de nuestra vida no una posesión nuestra, sino un don a Él y a los demás.
2.- Demos un paso adelante: ¿de dónde nace la invitación que Jesús hace a los discípulos de saciar ellos mismos el hambre de la multitud? Nace de dos elementos: sobre todo de la multitud que, siguiendo a Jesús, se encuentra en un lugar solitario, lejos de los lugares habitados, mientras cae la tarde, y luego por la preocupación de los discípulos que piden a Jesús despedir a la gente para que vaya a los pueblos y caseríos a buscar alojamiento y comida (cfr. Lc 9, 12).
Frente a la necesidad de la multitud, ésta es la solución de los apóstoles: que cada uno piense en sí mismo: ¡despedir a la gente! ¡Cuántas veces nosotros cristianos tenemos esta tentación! No nos hacemos cargo de la necesidad de los otros, despidiéndolos con un piadoso: “¡Que Dios te ayude!”.
Pero la solución de Jesús va hacia otra dirección, una dirección que sorprende a los discípulos: “denles ustedes de comer”. Pero ¿cómo es posible que seamos nosotros los que demos de comer a una multitud?
“No tenemos más que cinco panes y dos pescados; a no ser que vayamos nosotros mismos a comprar víveres para toda esta gente”. Pero Jesús no se desanima: pide a los discípulos hacer sentar a la gente en comunidades de cincuenta personas, eleva su mirada hacia el cielo, pronuncia la bendición parte los panes y los da a los discípulos para que los distribuyan. Es un momento de profunda comunión: la multitud alimentada con la palabra del Señor, es ahora nutrida con su pan de vida. Y todos se saciaron, escribe el Evangelista.
Esta tarde también nosotros estamos en torno a la mesa del Señor, a la mesa del Sacrificio eucarístico, en el que Él nos dona su cuerpo una vez más, hace presente el único sacrificio de la Cruz.
Es en la escucha de su Palabra, en el nutrirse de su Cuerpo y de su Sangre, que Él nos hace pasar del ser multitud a ser comunidad, del anonimato a la comunión. La Eucaristía es el Sacramento de la comunión, que nos hace salir del individualismo para vivir juntos el seguimiento, la fe en Él.
Entonces tendremos todos que preguntarnos ante el Señor: ¿cómo vivo la Eucaristía? ¿La vivo en forma anónima o como momento de verdadera comunión con el Señor, pero también con tantos hermanos y hermanas que comparten esta misma mesa? ¿Cómo son nuestras celebraciones eucarísticas?
3.- Un último elemento: ¿de dónde nace la multiplicación de los panes? La respuesta se encuentra en la invitación de Jesús a los discípulos “Denles ustedes”, “dar”, compartir. ¿Qué cosa comparten los discípulos? Lo poco que tienen: cinco panes y dos peces. Pero son justamente esos panes y esos peces que en las manos del Señor sacian el hambre de toda la gente.
Y son justamente los discípulos desorientados ante la incapacidad de sus posibilidades, ante la pobreza de lo que pueden ofrecer, los que hacen sentar a la muchedumbre y distribuyen – confiándose en la palabra de Jesús – los panes y los peces que sacian el hambre de la multitud. Y esto nos indica que en la Iglesia pero también en la sociedad existe una palabra clave a la que no tenemos que tener miedo: “solidaridad”, o sea saber `poner a disposición de Dios aquello que tenemos, nuestras humildes capacidades, porque solo en el compartir, en el donarse, nuestra vida será fecunda, dará frutos. Solidaridad: ¡una palabra mal vista por el espíritu mundano!
Esta tarde, una vez más, el Señor distribuye para nosotros el pan que es su cuerpo, se hace don.
Y también nosotros experimentamos la “solidaridad de Dios” con el hombre, una solidaridad que no se acaba jamás, una solidaridad que nunca termina de sorprendernos: Dios se hace cercano a nosotros, en el sacrificio de la Cruz se abaja entrando en la oscuridad de la muerte para darnos su vida, que vence el mal, el egoísmo, la muerte.
También esta tarde Jesús se dona a nosotros en la Eucaristía, comparte nuestro mismo camino, es más se hace alimento, el verdadero alimento que sostiene nuestra vida en los momentos en los que el camino se hace duro, los obstáculos frenan nuestros pasos. Y en la Eucaristía el Señor nos hace recorrer su camino, aquel del servicio, del compartir, del donarse, y lo poco que tenemos, lo poco que somos, si es compartido, se convierte en riqueza, porque es la potencia de Dios, que es la potencia del amor que desciende sobre nuestra pobreza para transformarla. Esta tarde entonces preguntémonos, adorando a Cristo presente realmente en la Eucaristía: ¿me dejo transformar por Él?
¿Dejo que el Señor que se dona a mí, me guíe para salir cada vez más de mi pequeño espacio y no tener miedo de donar, de compartir, de amarlo a Él y a los demás?
Seguimiento, comunión, compartir.
Oremos para que la participación a la Eucaristía nos provoque siempre: a seguir al Señor cada día, a ser instrumentos de comunión, a compartir con Él y con nuestro prójimo aquello que somos. Entonces nuestra existencia será verdaderamente fecunda.
Amén.

Catequesis del Papa sobre la Iglesia como familia de Dios

      
29 Mayo 2013
 
Queridos hermanos y hermanas, ¡Buenos días!
El miércoles pasado señalé el profundo vínculo entre el Espíritu Santo y la Iglesia.
Hoy quisiera empezar una serie de catequesis sobre el misterio de la Iglesia, un misterio que todos vivimos y del que formamos parte. Me gustaría hacerlo con expresiones presentes en los textos del Concilio Ecuménico Vaticano II.
Hoy empiezo por la primera: la Iglesia como familia de Dios.
En estos meses, más de una vez he hecho referencia a la parábola del Hijo Pródigo, o mejor dicho del Padre Misericordioso (cf. Lc 15,11-32). El hijo más joven sale de la casa de su padre, dilapida todo y decide volver porque se da cuenta de que cometió un error, pero ya no se considera digno de ser hijo y piensa poder ser recibido de nuevo como un siervo. El padre, en cambio, corre a su encuentro, lo abraza, le devuelve su dignidad de hijo y lo celebra. Esta parábola, como otras en el Evangelio, muestra bien el designio de Dios para la humanidad.
¿Cuál es este proyecto de Dios?
Es hacer de todos nosotros una única familia de sus hijos, en los que cada uno se sienta cerca y amado por Él, como en la parábola del Evangelio, sienta el calor de ser la familia de Dios. En este gran proyecto encuentra su origen la Iglesia, que no es una organización fundada por un acuerdo de algunas personas, sino -como nos ha recordado tantas veces el Papa Benedicto XVI- es obra de Dios, nace precisamente de este plan de amor que se desarrolla progresivamente en la historia.
La Iglesia nace de la voluntad de Dios de llamar a todos los hombres a la comunión con Él, a su amistad, es más a participar como sus hijos en su misma vida divina. La misma palabra “Iglesia”, del griego ekklesia, significa “convocatoria”: Dios nos convoca, nos invita a salir del individualismo, de la tendencia a encerrarse en sí mismos y nos llama a ser parte de su familia.
Y esta llamada tiene su origen en la creación misma. Dios nos creó para que vivamos en una relación de profunda amistad con él, e incluso cuando el pecado rompe esta relación con Él, con los demás y con la creación, Dios no nos abandona.
Toda la historia de la salvación es la historia de Dios que busca al hombre, le ofrece su amor, lo acoge. Llamó a Abraham para ser el padre de una multitud; eligió al pueblo de Israel para forjar una alianza que abrazara a todas las naciones; y envió, en la plenitud de los tiempos, a su Hijo para que su designio de amor y de salvación se realizara en una nueva y eterna alianza con la humanidad entera.
Cuando leemos los Evangelios, vemos que Jesús reúne a su alrededor una pequeña comunidad que acoge su palabra, lo sigue, comparte su camino, se convierte en su familia, y con esta comunidad Él se prepara y edifica su Iglesia.
¿De dónde nace entonces la Iglesia? Nace del gesto supremo de amor en laCruz, del costado traspasado de Jesús, del que fluye sangre y agua, símbolos de los sacramentos de la Eucaristía y del Bautismo. En la familia de Dios, en la Iglesia, la savia vital es el amor de Dios que se realiza en amarlo a Él y a los demás, a todos, sin distinción ni medida. La Iglesia es una familia en la que se ama y se es amado.
¿Cuándo se manifiesta la Iglesia? Lo hemos celebrado hace dos domingos; se manifiesta cuando el don del Espíritu Santo, llena el corazón de los Apóstoles y los empuja a salir y a empezar el camino para anunciar el Evangelio, difundir el amor de Dios. Incluso hoy alguien dice: “Cristo sí, Iglesia no”. Aquellos que dicen: “Yo creo en Dios pero no en los sacerdotes”, ¡eh! Se dice así: “Cristo sí, Iglesia no”. Pero es precisamente la Iglesia la que nos lleva a Cristo y nos dirige a Dios: la Iglesia es la gran familia de los hijos de Dios.
Por supuesto, también tiene aspectos humanos; en los que forman parte de ella, pastores y fieles, hay defectos, imperfecciones, pecados: hasta el Papa los tiene, ¡eh! y ¡tiene tantos!
Pero lo hermoso es que cuando nos damos cuenta de que somos pecadores nos encontramos con la misericordia de Dios: Dios siempre perdona. No olvidemos esto: ¡Dios siempre perdona! Y Él nos recibe en su amor de perdón y de misericordia.
Algunas personas dicen: “Es hermoso, esto: el pecado es una ofensa a Dios pero también una oportunidad; la humillación para darse cuenta de que hay otra cosa más hermosa, que es la misericordia de Dios”. Pensemos en ello.
¿Preguntémonos hoy: ¿cuánto amo a la Iglesia? ¿Rezo por ella? ¿Me siento parte de la familia de la Iglesia? ¿Qué hago para que sea una comunidad donde todos se sientan bienvenidos y comprendidos, para que se sienta la misericordia y el amor de Dios que renueva su vida? La fe es un don y un acto que nos afecta personalmente, pero Dios nos llama a vivir, juntos, nuestra fe, como una familia, como Iglesia.
Pidamos al Señor de una manera especial en este Año de la fe, que nuestras comunidades, toda la Iglesia, sean cada vez más verdaderas familias que viven y traen el calor de Dios. Gracias.